Francia, Europa, España y la urgencia de alzar la mirada
24 de octubre de 2026 2026-10-28 9:07Francia, Europa, España y la urgencia de alzar la mirada
Francia, Europa, España y la urgencia de alzar la mirada
El caos se ha instalado en el corazón de Europa, en vísperas de un ciclo electoral europeo de particular intensidad e importancia. Las causas del malestar son numerosas, pero se resumen en la idea de una expulsión de la ciudadanía del centro de la vida socioeconómica y su reubicación progresiva más allá de los márgenes del bienestar socioeconómico
El caos se ha instalado en el corazón de Europa, en vísperas de un ciclo electoral europeo de particular intensidad e importancia. Si nos centramos en las elecciones que eligen nuevo gobierno y obviamos las que se celebran el 25 de octubre en Serbia, país que no pertenece a la Unión Europea, el ciclo comienza el 29 de noviembre en España y se alargará durante todo 2027, incluyendo a varias de las economías más importantes de la UE y cuatro de sus países más poblados de la UE (Polonia, Francia, Italia y España). Y en la antesala de 14 meses cruciales para el destino de nuestras democracias, el caos, repito, se ha instalado en Europa. O al menos eso parece. Las imágenes de violencia extrema durante las protestas en Francia han acaparado la atención global, tanto por la relevancia del país como por la magnitud y alcance de sus consecuencias: el Ayuntamiento de Limoges en llamas, manifestantes resistiendo con violencia y haciendo retroceder a las fuerzas de seguridad entre golpes, lanzamientos de objetos y pirotecnia, centenares de heridos y detenidos. Los diagnósticos sobre los protagonistas de las protestas y de sus causas no se han hecho esperar, comenzando por el ofrecido por el presidente de la República, el Sr. Macron, señalando que los “extremistas de un grupo de ultraizquierda, junto con numerosos delincuentes, saquearon tiendas y destruyeron edificios públicos» y que las protestas legítimas se relacionan con el elevado coste de la vida, en particular por el precio de los combustibles.
“Debemos alzar la mirada y contemplar Europa y su historia reciente, en su conjunto, y no como una miríada de problemas locales que solo pudieran comprenderse en el lugar donde suceden”
No tiene nada de extraño que esta situación atraiga tanta atención; al fin y al cabo, es en Francia donde tiene lugar. Pero no debemos caer en la trampa de abordar esta realidad encapsulando el análisis en las fronteras de nuestro vecino del norte. En los últimos meses, ha habido protestas, algunas de alta intensidad y utilizando distintos grados de violencia, en Italia, Bélgica, Portugal, Países Bajos, España. Conviene recordar que las mencionadas elecciones anticipadas del 25 de octubre, en Serbia, son la consecuencia directa casi dos años de protestas en las calles. Y que también Albania ha presenciado fuertes protestas. Para refinar nuestro análisis, por tanto, debemos alzar la mirada y contemplar Europa y su historia reciente, en su conjunto, y no como una miríada de problemas locales que solo pudieran comprenderse en el lugar donde suceden.
Porque lo cierto es que las protestas que se producen en tantos países de la Unión Europea responden a causas profundas y compartidas. Dicho de otra forma, las causas de los malestares locales, nacionales, no son procesos locales, nacionales. Las causas son las mismas, porque se despliegan en la forma en la cual la globalización ha modificado la vida en toda Europa. Pongamos atención en dos rasgos que aparecen en todas las protestas. En primer lugar, las personas jóvenes son protagonistas en todos los países en los que se están produciendo. De hecho, las personas jóvenes están liderando protestas y demandas en las que encuentran apoyos y acuerdos con otros grupos, que varían en función del país: chalecos amarillos, bomberos, profesores, diferentes servidores públicos. Las personas jóvenes, en el centro de la protesta, parecen articular y canalizar un malestar que no solo se relaciona con la edad. Es más, cuya causa profunda no es específica de una edad u otra. Y aquí entramos en el análisis del segundo rasgo compartido por las protestas, el origen del malestar. Las causas que, sin duda, están constituidas por los efectos de la globalización tal y como se ha desarrollado en los últimos 30 años, y particularmente tras la Gran Recesión. Estos efectos, a la vez causas del malestar, son numerosos, pero se resumen en la idea de una expulsión de la ciudadanía del centro de la vida socioeconómica y su reubicación progresiva más allá de los márgenes del bienestar socioeconómico. Si imaginamos las sociedades como un círculo que contiene círculos concéntricos, la globalización ha aumentado radicalmente el área que corresponde a la periferia social, de manera proporcional a la reducción radical que ha generado en el área que corresponde al centro. Cada vez más, menos grupos concentran la toma de decisiones, el disfrute del bienestar y la orientación cultural de nuestras sociedades.
Las causas del malestar son numerosas, pero se resumen en la idea de una expulsión de la ciudadanía del centro de la vida socioeconómica y su reubicación progresiva más allá de los márgenes del bienestar socioeconómico.
Las consecuencias son especialmente duras para las personas y las familias. Las clases medias están siendo barridas por el incremento de la desigualdad y la concentración de los ingresos y el patrimonio. Un informe de la OCDE resumía la situación de las clases medias en 2019 con la frase “Under pressure: the squeezed middle class”, algo así como “Bajo presión: la clase media asfixiada”. En 2026 la asfixia se ha convertido en estrangulamiento, en franco declive. Las que solíamos llamar “familias de clase media” contemplan atónitas su pérdida de relevancia social, económica y cultural, asediadas por una concentración de la riqueza que las empuja hacia los márgenes del bienestar económico y una problematización de los elementos culturales que la auparon a referente social. Las clases populares, mientras tanto, ven cómo las generaciones más jóvenes se integran en el mercado de trabajo a través de la precariedad, que ya no es un peaje, sino una forma específica de construir (a falta de un término más adecuado) la trayectoria laboral. Trayectorias que no permiten una continuidad biográfica de las familias, que ven cómo sus hijos y sus hijas son expulsados de los barrios (populares) donde viven y se ven obligados a residir en las periferias, económicas y urbanas. Y todo ello mientras el mercado de la vivienda conculca la idea de esta como derecho social, mientras aumenta el porcentaje de personas que trabajan y, a pesar de ello, están oficialmente en situación de pobreza, mientras la gestión de los presupuestos familiares se convierte en una fuente de incertidumbre económica para cada vez más familias.
“Nos encontramos con sociedades atravesadas por los efectos de una desigualdad creciente que, en palabras de François Dubet, nos pone manos de las pasiones tristes, algunas de las cuales estamos presenciando en las protestas que atraviesan Europa”
En definitiva, nos encontramos con sociedades atravesadas por los efectos de una desigualdad creciente que, en palabras de François Dubet, nos pone manos de las pasiones tristes, algunas de las cuales estamos presenciando en las protestas que atraviesan Europa. Porque, al combinar juventud con globalización en las sociedades europeas contemporáneas, con demasiada frecuencia el resultado es la desesperanza, la falta de un propósito compartido, de un proyecto colectivo: precisamente aquello que caracterizó la Europa en la que las clases medias y las clases populares se entendían a sí mismas como expresión de un proyecto social, económico, cultural y político coherente y prometedor. En este sentido, como recoge la primera frase de estos párrafos, el caos se ha instalado en el corazón de Europa. El caos de esta globalización. Mientras negamos el protagonismo de las protestas a la ciudadanía y ocultamos las causas en diagnósticos – la antítesis de los análisis rigurosos – ofrecemos en bandeja de plata el próximo ciclo electoral a partidos cuya concepción de la democracia es incompatible con la libertad, la igualdad y la fraternidad.