Lo que se pierde con una casa

Lo que se pierde con una casa

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Lo que se pierde con una casa

Un problema de tal magnitud como el de la vivienda resiste a las respuestas rápidas. En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología lo analizamos desde la filosofía, la sociología y la ciencia política. Debemos ser capaces de mirar un caso como este sin apartar la vista de estas tres dimensiones, además de sin convertirlo en consigna

Maricarmen Abascal falleció en Madrid el 7 de octubre‚ a los 87 años‚ después de dos semanas ingresada en el hospital, circunstancia que lamentamos profundamente․ El 23 de septiembre la habían desalojado del apartamento de alquiler del distrito de Retiro, en el que había residido casi toda su vida․ Cuando falleció‚ ya se había encontrado un acuerdo que le habría permitido volver a casa․ “Ha llegado demasiado tarde”‚ comentó el Sindicato de Inquilinas‚ y esa frase sintetiza algo que las estadísticas expresan de manera más negativa: a veces las instituciones hallan la solución cuando la persona ya no está para recibirla․

El caso se ha convertido en un símbolo que, en plena precampaña electoral, es fácil usar como munición. Por otro lado, hay quienes despachan lo acontecido a Maricarmen como una desgracia individual que no admite lecturas generales․ Estoy convencido de que con ninguna de las dos actitudes es posible entender lo ocurrido․ De acuerdo con la reciente encuesta del CIS que ha sido publicada en estos días‚ se estima que el 91 % de los ciudadanos solicita una mayor cantidad de vivienda pública․ Este alto grado de acuerdo es poco habitual en una sociedad que tiende a discutir casi todo․

Para quien, como yo, se preocupa por la manera en que se va construyendo la biografía personal a lo largo del tiempo o, dicho de otra manera, cómo llegamos a ser lo que somos, el caso obliga a mirar lo que las cifras no recogen y los aspectos que quedan fuera․ Una casa que ha sido habitada durante siete décadas sirve como un archivo․ Esta casa contiene una gran cantidad de objetos y documentos, pero también de recursos, costumbres, duelos y alegrías․ Sacar de allí a una mujer de 87 años significa que se la separa de su propia biografía․ No tenemos certeza sobre cuál fue el papel que desempeñó el desahucio en su muerte․ Además‚ sería imprudente afirmar tal cosa․ Sí somos conscientes de que perder la casa a esa edad representa algo más profundo que simplemente cambiar de domicilio․

“Esto es mío” es una afirmación a la cual la filosofía ha tratado de encontrar respuesta desde hace mucho tiempo, como por ejemplo cuando Rousseau describía esta apropiación en el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres con una escena famosa: el primero que delimitó un terreno‚ afirmó “esto es mío” y halló personas lo suficientemente ingenuas para creerle, fue el verdadero creador de la sociedad civil․ Rousseau sabía que no se puede‚ en efecto‚ volver al bosque․ Lo que le interesaba era mostrar que la propiedad es una institución humana‚ nacida en un momento específico así como sujeta‚ por tanto‚ a juicio․ Dos siglos después‚ Hannah Arendt introdujo en La condición humana una distinción․ Esta distinción sigue siendo muy útil‚ la que separa propiedad y riqueza․ Tener una casa significaba originariamente ocupar un lugar propio en el mundo․ Era un sitio desde el que presentarse ante los demás y en el que resguardarse de su mirada․ La riqueza‚ en cambio‚ se acumula y se intercambia․ Además‚ es indiferente al lugar․ Buena parte del intenso debate actual sobre la vivienda cabe en esa distinción․ Para el mercado‚ un piso es un activo cuyo valor sube o baja; para quien vive en él desde hace setenta años‚ es también el punto desde el que está en el mundo․ Las dos cosas son verdad simultáneamente․ El conflicto aparece cuando la primera se impone de manera absoluta a la segunda․

Para el mercado‚ un piso es un activo cuyo valor sube o baja; para quien vive en él desde hace setenta años‚ es también el punto desde el que está en el mundo․ Las dos cosas son verdad simultáneamente․ El conflicto aparece cuando la primera se impone de manera absoluta a la segunda․

Por esta razón‚ un problema de tal magnitud resiste las respuestas rápidas․ Un sociólogo preguntará quién vive de alquiler a los ochenta años‚ cómo ha cambiado la propiedad en las grandes ciudades‚ qué redes vecinales siguen vivas․ Un politólogo analizará los instrumentos: decretos que se aprueban y se derogan‚ competencias repartidas entre administraciones‚ el tiempo que tarda una norma en llegar a una puerta concreta․ Al filósofo le corresponde indagar qué le debemos a quien reside‚ y cómo se estructuran entre sí el derecho de propiedad‚ la libertad de contratar y la exigencia de que nadie quede a la intemperie․

La Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII‚ a la que le estamos dando un nuevo impulso en Madrid‚ se mueve en la convicción de que una facultad de ciencias sociales debe ser capaz de mirar un caso como este sin apartar la vista de estas tres dimensiones, además de sin convertirlo en consigna․ De esa convicción firme nace el nuevo Grado en Política‚ Sociología y Filosofía․ En España existen ya grados que combinan filosofía‚ política y economía; sin embargo‚ ninguno había reunido hasta ahora política‚ sociología y filosofía en un mismo título académico․

Pensamos en estudiantes que quieran trabajar en la administración‚ en partidos‚ fundaciones‚ organizaciones del tercer sector o centros de análisis․ Consideramos también a aquellos que se inclinan por la docencia y la investigación․ En quienes redactarán el próximo decreto de vivienda‚ medirán si ha servido para algo‚ lo discutirán en un parlamento o‚ además‚ acompañarán a un barrio que se organiza․ A todos les hará falta leer una serie estadística además de entender por qué setenta años en el mismo piso no caben en ella․

El acuerdo que habría devuelto a Maricarmen a su casa‚ según informes‚ existía el día de su muerte․ Faltó tiempo․ El tiempo de las instituciones depende en buena parte de la mirada de quienes las piensan además de las que las ocupan․